El Amor Loco

El 10 de abril de 1934, en plena "ocultación" de Venus por la luna (este fenómeno sólo debía producirse una vez al año), yo desayunaba en un pequeño restaurante situado desagradablemente muy cerca de la entrada de un cementerio. Para llegar es necesario pasar sin entusiasmo ante algunos puestos de flores. Aquel día el espectáculo, en un muro, de un reloj desprovisto de su cuadrante no me parecía precisamente de muy buen gusto. Pero yo observaba, no teniendo nada mejor que hacer, la encantadora vida de aquel lugar. Por la noche el dueño, "que se ocupa de la cocina", vuelve a su domicilio en motocicleta. Los obreros parecen disfrutar de la comida. El mozo, realmente bello y de aspecto inteligente, deja a veces la cocina para discutir con los clientes, con el codo apoyado en el mostrador, sobre asuntos aparentemente serios. La criada es bastante bonita: más bien poética. El 10 de abril por la mañana ella llevaba, sobre un cuello blanco con espaciados lunares rojos muy en armonía con su vestido negro, una finísima cadena de la que colgaban tres gotas claras como de piedra lunar, gotas redondas sobre cuya base destacaba una medialuna del mismo material engastada de forma parecida. Una vez más aprecié, la coincidencia de esta joya y el eclipse. Mientras yo trataba de situar a esta muchacha en la circunstancia tan bien inspirada, súbitamente se oyó la voz del mozo: "!Aquí, Ondina!", y la exquisita respuesta, infantil, apenas susurrada, perfecta: "¡Oh, sí!, ¡aquí se cena!"*. ¿Puede haber una escena más conmovedora? Me lo preguntaba aquella misma noche mientras escuchaba a los actores del teatro del Atelier masacrar una obra de John Ford.


*En francés, juego de palabras intraducible entre Ici, l'Ondine, y la respuesta: Ah! oui, on le fait ici, l'on dîne

André Breton (Amor loco 1937)

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