-¿Una dependienta? Sí, buscamos una. ¿Nos puede recomendar a alguien?- preguntó la joven en un tono no exento de cordialidad.
Ann Eliza dudó, perpleja por la pregunta inesperada; la otra mujer, ladeando la cabeza para estudiar el efecto del lazo que acababa de coser a la cesta, siguió:
-No podemos permitirnos más de treinta dólares al mes, pero el trabajo no es pesado. La persona tendría que coser algunos adornos de vez en cuando. Queremos una muchacha avispada, elegante y de modales corteses. Ya me entiende usted. En todo caso, no mayor de treinta años y guapa. ¿Me anota el nombre?
Ann ELiza la miró atónita. Abrió la boca para explicarse, pero entonces, sin decir nada, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta cuyo cristal cubría una cortina limpísima.
-Oiga, ¿no va a dejarme la dirección?- exclamó la joven.
Ann Eliza salió a la calle bulliciosa. En la gran ciudad, bajo el bello cielo primaveral, parecían palpitar los temblores de un sinfín de comienzos. Ella siguió caminando, buscando otra tienda en cuyo escaparate hubiera otro aviso.
Edith Wharton (Las hermanas Bunner 1916)
Recomendación de María Ceacero